Cinco siglos de historia

 Su fundación||Siglo XVII||Siglo XVIII||Siglo XIX||Siglo XX

 

En la época prehispánica, los aborígenes guanches poblaban las tierras de este municipio, en las que aún se conservan cuevas funerarias y restos arqueológicos. En la zona alta tenía su vivienda el Mencey de Ycode, en un lugar que llamaban Ar Tahore. Lucharon valerosamente contra los invasores y, después de firmadas las paces en Los Realejos y desaparecido su Mencey, diversos grupos continuaron hostigándoles, por lo que las tropas del Adelantado hubieron de penetrar en las zonas altas del menceyato para reducir a los indómitos "alzados", que sellaron con su sangre o la deportación su resistencia a ser sometidos.

Las tierras de lo que hoy es Grandilla fueron repartidas por el Adelantado entre los que le habían ayudado en la conquista de la isla. Las más apetecidas de éstas, porque disponían de agua, como la Rambla de los Caballos y lo que hoy es Las Aguas, fueron para sus más íntimos colaboradores, como Hernando del Hoyo y Lope de Mesa, que las dedicaron en principio al cultivo de la caña de azúcar. El resto fue repartido principalmente entre canarios - de la Gran Canaria - que también habían colaborado en la conquista o que se incorporaron luego como colonos; también vinieron españoles procedentes de otras regiones y un buen número de portugueses, que se afincaron aquí atraidos en principio por la incipiente industria del azúcar. Junto a todos ellos hay que enumerar los pocos guanches que por aquí quedaron y un indeterminado número de esclavos africanos. Como es lógico, el mayor volumen de la población lo constituían los arrendatarios, artesanos y jornaleros.

Parte de estos colonos se ubicaron en la zona alta, en el llamado Icod de los Trigos y también Icod el Alto. Cada uno hizo su vivienda donde mejor le convenía, especialmente en los diversos "lomos", situados entre barranco y barranco; como el lomo de los Quevedos, que tomó el nombre de la principal familia que lo habitaba; el de la Vera, por su situación geográfica a la orilla del barranco Hondo; el de las Rozas, que hace referencia a las dificultades para eliminar su exhuberante vegetación; etc. En ellos se desarrolló una agricultura de secano mediante la construcción de sucesivos bancales que escalonadamente trepaban por cada uno de ellos. En uno de esos lomos, situado en cota más baja y al otro lado del barranco que limitaba la jurisdicción de la parroquia de San Marcos de Icod, sus vecinos construyeron hacia 1510 una ermita a la advocación de Santa Catalina, junto al camino real que, desde la comarca de Taoro y atravesando Icod de los Trigos, llevaba hasta la de Daute.

Como ya se indicó, los nuevos colonos se establecieron también en las buenas tierras de la zona de costa, en la Rambla de los Caballos y en el hoy barrio de Las Aguas (que tomó su nombre de la abundancia de fuentes que allí había), al amparo del cultivo de la caña de azúcar y posteriormente del de la vid, junto al camino real de la costa que desde Taoro enlazaba con el de las medianías en Santa Catalina.

En las tierras donde hoy está la villa de Grandilla, que carecían de agua, también se estableció algún que otro colono, aunque su principal propietario, el canario Pedro García, vivía en el Realejo y sus sucesores pronto las vendieron o arrendaron.

Se puede afirmar, por tanto, que la población ramblera es una mezcla de sangre aborígen (de Tenerife y Gran Canaria), portuguesa y española. De los guanches heredarían el valor y el amor a la tierra; de los portugueses la sensibilidad y el espíritu de trabajo; de los españoles su espíritu aventurero; sin olvidar alguna que otra pincelada oscura de la esclavitud. Todo lo demás lo ha puesto el clima, el mar bravo, el paisaje y esa tierra volcánica y dura, que han configurado a traves de los siglos la peculiar forma de ser de este pueblo.


 

Fundación de Grandilla

Entre los colonos que vinieron a esta tierra cabe destacar un personaje singular, Martín Rodríguez, de origen castellano, al que el Adelantado otorga algunas fanegas de tierra por estos contornos. Hacia 1520 arrienda a la viuda de Hernando del Hoyo todas las tierras del hoy barrio de Las Aguas, para dedicarlas al cultivo de la vid, así como 200 fanegas en la zona alta para la siembra de cereales, formando una gran hacienda y edificando su casa, bodega y granero en el Majuelo, junto al barranco de Grandilla.

Determinó construir una ermita a la advocación de Grandilla, hacia 1529, en terrenos no lejos de su domicilio, que habían pertenecido al canario Pedro García. En torno a la ermita poco a poco se fueron estableciendo otros vecinos, con lo que comenzó a ser conocido aquel lugar como Grandilla del Malpaís y fue adquiriendo cada vez mayor preponderancia por su situación junto al camino real de la costa, por ser una magnífica atalaya sobre el mar, porque podía utiliza el agua de las cercanas tierras pertenecientes a la hacienda de Martín Rodríguez y porque allí fijaron su residencia algunas de las familias más importantes de aquellos contornos. Es por ello que en numerosos documentos antiguos se considera a Martín Rodríguez como el fundador de Grandilla, pues alrededor de la ermita que él construyó fue creciendo el pueblo, al que ésta dio su nombre.

La ermita, que al principio dependía de las parroquias del Realejo, fue ampliada paulatinamente y adquiriendo competencias como parroquia propia, cuya jurisdicción alcanzaba a las tierras de la zona alta y a las de la Rambla de los Caballos, con lo que en la segunda mitad del siglo XVI aquella incipiente parroquia comenzó a ser conocida como Grandilla y ya tenía unos 60 vecinos (cabezas de familia)

El Cabildo de la isla nombra a su vez alcaldes para este lugar, que reunidos en consejo abierto con todos los vecinos intentaban resolver los diversos problemas de aquella incipiente comunidad. Los principales recursos para su subsistencia venían determinados por los cereales en la zona alta y la vid en la de costa, así como el ganado y la explotación de los recursos que se obtenían del monte. También cabe señalar que, aparte de la lana para la confección de tejidos, tanto en este siglo como en el siguiente se cultivaba el lino y sobre todo la seda, de la que se derivaban pequeñas industrias familiares.

A finales de este siglo se establece la Alhóndiga en el pueblo, con lo que los vecinos disponían de una gran ayuda, especialmente en épocas de hambre y sequía, así como para reparar caminos, fuentes, etc.


 

El siglo XVII

Hacia 1620 la población de Grandilla ya rondaba lo 80 vecinos y se iba sedimentando en capas sociales bien diferenciadas: los terratenientes, detentadores de buena parte de la tierra y de los cargos civiles y militares; el clero, con gran poder y relativa riqueza; los pequeños artesanos y campesinos, que a duras penas conseguían su subsistencia y, finalmente, los jornaleros y esclavos, utilizados como mercancía y mano de obra.

Fue también preocupación y responsabilidad del vecindario a lo largo de los siglos la defensa de la costa contra barcos piratas, de contrabando o que pudieran traer epidemias. Para ello desde el siglo XVI se constituyeron las milicias locales, formadas por los propios vecinos, que se reunían cuando había alguna alarma, para acudir a los lugares de peligro en defensa de sus intereses. Los cargos de capitán y alférez recaían en las personas de cierta distinción en el pueblo.

Una de las principales fuentes de riqueza era el vino, especialmente el de malvasía, que dio a Grandilla justa fama más allá de nuestras fronteras por su excelente calidad y era considerado como uno de los más exquisitos del mundo. La fama de este vino ha quedado para la historia, pues sus exquisitos caldos adornaron las más importantes mesas de Europa.

A mediados de este siglo ya se contabilizaban unos 600 habitantes y a finales del mismo rondaban el millar. Ello supuso la necesidad de agrandar la iglesia parroquial, que a mediados de este siglo ya disponía de dos naves.


 

El siglo XVIII

La primera parte del siglo XVIII se caracterizará por importantes acontecimientos a nivel comarcal y local, como la erupción volcánica de 1706, que destruyó el puerto de Garachico, lo que supuso una grave repercusión económica en toda la comarca. A ello siguieron los desastres de los años 1720, 1721 y 1722, que arruinaron las cosechas y los vecinos pasaron grandes miserias. Especialmente grave fue el huracán de 1722 que causó grandes destrozos en viviendas y cosechas y arruinó la economía ramblera. También dañó gravemente a la iglesia parroquial, que hubo de ser reconstruida con grandes sacrificios, inaugurándose de nuevo e 1726. Por esta época la población de Grandilla ya alcanzaba los 238 vecinos (cabezas de familia).

En lo relativo a la administración municipal, a partir de 1752 los alcaldes del lugar pasan a ser nombrados por la Real Audiencia, como siempre entre las familias principales, las cuales detentaban el poder político y económico, haciendo y deshaciendo según sus propios intereses; situación ésta que con mayor o menor intensidad perduró en este pueblo durante siglos. A partir de 1772 los alcaldes, diputados y síndicos han de ser nombrados por una comisión de vecinos elegida por el pueblo, con lo que empieza a configurarse una especie de junta o consejo municipal que a sí mismo se denomina ayuntamiento y que continúa teniendo a la Alhóndiga como principal fuente de recursos.

La principal preocupación de la población era la de su supervivencia, que dependía de las buenas o malas cosechas, que escasamente les daban para subsistir. La solución a estos males se buscaba en la emigración, fundamentalmente a Cuba. Todo el que podía emigraba, aunque para ello tuviera que empeñar sus escasos bienes. Era la válvula de escape de la población ante las dificultades sociales y económicas por que atravesaba, siendo increible el número de individuos que cruzaron el océano buscando un medio de vida que les sacara de la pobreza. Según el censo de 1779, uno de cada cuatro varones mayores de 16 años estaba en las Indias, proporción que en el pueblo de Grandilla alcanzaba el 41%, en Las Aguas el 30% y en La Rambla y zona alta el 10%. Las remesas de los emigrantes o su regreso con algunos pesos significaban un alivio extraordinario para la economía y el progreso de estos lugares, a lo que se unía la supresión de las restricciones del comercio con América.

A este respecto cabe señalar que la mayoría de las grandes casonas del pueblo, que hoy tanto admiramos, así como los maravillosos retablos de su iglesia parroquial, son producto de la prosperidad que los emigrantes trajeron de América en la segunda mitad de este siglo.

Por lo que respecta a la educación, durante siglos saber leer o escribir, o simplemente firmar, fue un privilegio que pocos rambleros pudieron alcanzar. No existían establecimientos públicos de enseñanza y sólo algunos clérigos y sacristanes y algún que otro particular se ocupaban de ello, con lo que el analfabetismo y la incultura alcanzaba a más del 90% de la población, que ya superaba los 1500 habitantes en los últimos años de este siglo. Se alegaba que, dada la pobreza de las gentes, las escasas rentas de la Alhóndiga no daban para pagar a un maestro y a una maestra.


 

 El siglo XIX

La Constitución de 1812 va a propiciar que Grandilla tenga su primer ayuntamiento constitucional. No obstante, todo este siglo se verá marcado por la lucha entre las fuerzas políticas liberales y conservadoras locales, que ni podían ni sabían resolver los problemas del municipio, sino satisfacer sus propias apetencias personales.

En el orden económico, el comienzo de este siglo se verá marcado trágicamente por el aluvión de 1826, que arrasó numerosas casas e innumerables huertas y produjo unas diez víctimas mortales. El pueblo quedó triste y desolado; fue un golpe terrible para aquellas pobres gentes que de la noche a la mañana vieron sus cosechas desaparecidas. La mayoría de ellos eran arrendatarios, pues la propiedad de las tierras continuaba estando en manos de unos pocos y únicamente el 12% de la misma, según datos de 1803, era cultivada por sus propietarios, de lo que se deduce que Grandilla era un pueblo de servidores al servicio de los amos de la tierra. Ni la desamortización, ni el ciclo de la cochinilla supusieron un avance importante. Sólo la emigración continuaba siendo la válvula de escape ante tanta penuria.

Preocupación principal de las diversas corporaciones fue el arreglo de los caminos especialmente el de San José, el de las Aguas, el del callao de la Rambla y el de la Cantera a la salida del pueblo, lo que se hacía con prestaciones personales. A ello se unía el aprovechamiento de los montes, una de las pocas riquezas que tenía el municipio, de los que cada año el ayuntamiento autorizaba la extracción gratuita de determinada catidad de materiales para uso de los vecinos, principalmente leña, carbón y cisco.

Hacia 1860 había en Grandilla, según el diccionario Olivé, 124 propietarios y 41 arrendatarios, 263 jornaleros del campo, 45 sirvientes entre hombres y mujeres y 40 pobres de solemnidad, por lo que continuaba siendo la emigración la principal válvula de escape. En esta época el promedio anual de emigrantes rambleros era de unos cincuenta individuos, que se dirigían principalmente a Cuba, donde recalaban dos de cada tres emigrantes, y el otro tercio hacia Venezuela. Imposible saber cuántos volvieron, cuántos se quedaron o cuántos atravesaron el Atlántico más de una vez. Pero sí es cierto que muchos consiguieron en Cuba y Venezuela lo que su tierra les negaba.

En 1867 hubo un intento por parte de las autoridades superiores de suprimir los municipios pequeños, con lo que el de Grandilla quedaría anexionado al del Realejo y La Guancha al de Icod. Las autoridades locales se opusieron enérgicamente a ello y propusieron como alternativa formar un solo municipio con el de la Guancha. Lo cierto es que nada de ello se llevó a cabo.

Por lo que respecta a la educación primaria, y gracias a la iniciativa de un gran mecenas, don Manuel Vicente Alonso del Castillo, se consiguió que el ayuntamiento pusiera en marcha al menos en el casco una escuela de niños y otra de niñas, aunque luego no se les prestara la atención precisa.

La Revolución de Septiembre de 1868 y sus secuelas tuvo entretenidas a las fuerzas locales durante algunos años, enfrascadas en luchas partidistas y caciquiles, y entre partidarios de la disolución del Pósito o Alhódiga y los que se oponían a ello, que poco beneficiaron al municipio, sino más bien lo llevaron a la ruina, tratando cada nueva corporación de anular o desprestigiar lo que había hecho su antecesora, con lo que hubo un total abandono de la administración municipal, careciendo ésta de fondos para las necesidades más perentorias. Si a esto añadimos unos años de malas cosechas, que culminaron en el huracán de 1876, que hizo desaparecer lo poco que quedaba, tendremos un panorama completo de la situación en esa época.

Por el año 1881 se consigue que un médico venga un día a la semana a pasar consulta. Asimismo, la carretera de la Orotava a Icod, abierta en 1886, vino a traer nueva vida sobre este pueblo, que ya se iba acercando a los 2000 habitantes, y que parece que empezaba a remontar el vuelo y a mejorar paulatinamente. En esta época Grandilla comienza a ser valorado como estación veraniega y terapéutica por las especiales cualidades que se atribuían a su clima y a sus aguas. También hacia 1889 comienza a haber alumbrado público en el casco.


 

El siglo XX

Poco a poco Grandilla va saliendo de su marasmo de siglos. El cultivo del plátano va a ocupar a una buena parte de la población de la zona baja. Algunos grupos de vecinos se proponen potenciar la cultura y las artes, especialmente la música, y Grandilla adquiere cierta fama en estos campos. En 1905 llega por fin el teléfono; en 1914 algunos casos de peste siembran la alarma en el vecindario. En 1917 llega la luz eléctrica y en los años siguientes hubo que afrontarse también la crisis económica derivada de la primera guerra mundial. Sucesivos alcaldes se precupan también por el bienestar y la educación de sus vecinos, creándose 1923 la primera escuela pública de la zona alta y poco después en los demás barrios; ya Grandilla ronda los 2.500 habitantes.

Durante la dictadura de Primo de Rivera, un gran alcalde va a regir los destinos de Grandilla, don Antonio Ruiz Borges, que desarrollará una destacadísima labor en la mejora de la instrucción, las comunicaciones, las fuentes, el alumbrado, etc. Durante su mandato, por Real Decreto del Rey Alfonso XII, dado en 17 de agosto de 1925, se le concede a Grandilla el título de Villa.

Con la llegada de la Segunda República, la nueva corporación elabora numerosos proyectos para la mejora de la vida ciudadana, pero la escasez de medios impiden llevarlos a la práctica; ya el municipio alcanza los 2.750 habitantes. A lo largo de estos años y los siguientes se abren diversas galerías en el municipio, se soluciona el problema de la Fuente de Pedro y el agua es llevada a los distintos núcleos de población. En 1935 llega el cine a Grandilla.

La guerra civil y el triunfo del General Franco trajo persecusiones y depuraciones y la convivencia ciudadana tardó en restañar sus heridas. Luego vendría la segunda guerra mundial y la posguerra, con graves dificultades de abastecimiento, escasez de subsistencias y racionamiento. La emigración a América seguía siendo la tabla de salvación para muchas familias rambleras, pues las remesas de dinero de los emigrantes eran el bálsamo que calmaba tantas carencias y necesidades y servía también para que muchas familias pudieran edificar sus casas e ir adquiriendo terrenos a los propietarios de siempre, con lo que cada vez más la tierra revertía en los que la trabajaban.

Entre las escasas industrias que había por esta época cabe destacar las de conversión y exportación de productos agrícolas; las del calzado, con la fabricación de alpargatas durante la guerra civil y la posterior industria zapatera dedicada a la fabricación manual de zapatos. También cabe citar la elaboración de calados, de gran tradición en este pueblo, así como todo lo relacionado con la elaboración de objetos artesanales de uso diario.

En la década de 1950, en que la población del municipio ya llega a los 4000 habitantes, se termina la pista a San José, se pone en funcionamiento la Travesía, se lleva a cabo la electrificación del municipio, se incrementa el número de escuelas y por primera vez hay una farmacia.

En la década de 1960 se lleva a cabo la construcción de la cooperativa de viviendas "Grandilla Bautista", gracias al tesón de un gran ramblero, don Antonio Ruiz Cedrés. En 1970 ya el municipio cuenta con 4765 habitantes y las corporaciones municipales que rigen sus destinos en esta década van a realizar una amplia y fructífera labor en todos los órdenes de la vida ciudadana.

Con la llegada de la democracia y a partir de las elecciones de 1979, diversas corporaciones se han ido sucediendo periódicamente. Cada una de ellas ha tratado de buscar lo mejor para su pueblo, en función de las disponibilidades económicas de cada momento. Se ha ido consolidando y mejorando poco a poco la infraestructura de los servicios del municipio y de cada uno de sus barrios, con lo que hoy, aunque no plenamente satisfechos. Los vecinos aprecian el cambio y las mejoras conseguidas, desean que las realizaciones municipales se repartan con exquisito equilibrio entre los diversos núcleos urbanos en función de sus necesidades y encaran el futuro solidariamente para dar a Grandilla el progreso y el prestigio que merece tras casi cinco siglos de historia.